Como a nadie va a interesar una noticia que ya se ha relatado, ni una foto que ya se ha tirado, y con un objetivo mejor, voy a contar mi personal e instransferible experiencia. Un amigo me recomendó que lo hiciese, para darle otro ángulo a la actualidad, y confío en él, porque es periodista también. Bueno, los periodistas no están precisamente considerados por decir la verdad. Pero ésa es otra historia. Y en todo caso, los buenos amigos, la buena gente, o los periodistas de verdad, sí la dicen. Allá voy.

Con menos de dos semanas de antelación a la visita de Josepz Ratzinger, alias Benedicto XVI, se me ocurrió organizar a mí un acto de protesta, insulso parado gallego que no tiene otra cosa que hacer que ir a cursos subvencionados por Europa a tiempo completo. Quería expresar mi rechazo frontal a la Iglesia Católica, como gay y como persona ante todo, pero también mi malestar como ciudadano por el hecho de que yo (o mis padres, yo no existo casi fiscalmente) tuviera que pagar el desplazamiento y manutención de alguien que no ha hecho absolutamente nada por mí, y como yo, por miles de millones de personas que sólo se ven perjudicadas por sus "políticas". Africanos, negros, pobres en general; homosexuales, bisexuales, transexuales, "queer" en general; mujeres, comunistas, víctimas de pederastas, desheredados en general; cristianos de base, etc., en general, cualquier colectivo no minoritario, sino "minorizado", se encuentra y se siente excluido por la "Santa Madre Iglesia", una institución que debería acoger en su seno a los excluidos, no anularlos más. "Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos", dijo Jesucristo, aunque bien podría estarme jugando una mala pasada mi pobre memoria de agnóstico recalcitrante. Hace mucho que dejé la catequesis, y que no entro en una iglesia si no es para admirar sus riquezas artísticas.

El caso es que, con toda mi buena voluntad y pobreza de medios, pensé, redacté y publiqué un evento en Facebook. Me inspiré en otro que se iba a hacer en Barcelona, pensado por un grupo de 6 amigos, entre ellos Sergi (alias Marylène), y Joan, de los cuales desconozco su apellido y que omitiría también si lo supiera, pues desean permanecer en el anonimato. Ellos iban a convocar una "flashmob", esto es, una movilización anónima y ciudadana, sencilla y fugaz, que no recurriría a pancartas, banderas, consignas, ni gritos. Sólo se besarían. Besos entre personas del mismo sexo, preferiblemente, para aumentar el tamaño de lo que sólo unos intolerantes pueden considerar provocación. La "besada" colectiva sería en un punto indeterminado del recorrido papal, que sólo se revelaría la tarde anterior. Bien, yo desconocía la mayor parte de estas cosas, y la filosofía de un "flashmob", por lo que cometí varios errores al principio. Sólo después de observar, pensé al final que tenía que ser una cadena humana de besos, completamente anónima e inesperada, al paso del papa. En medio quedó una imponente pero arriesgadísima besada en mitad de la misa en la Plaza del Obradoiro, más bien "kamikaze", improbable por irrealizable. Estuve durmiendo tres o cuatro horas al día la semana anterior, ultimando los detalles, haciendo múltiples traducciones a varias lenguas, con ayuda de un amigo y de mi novio, para que en cualquier momento, cualquier persona de cualquier país pudiese sumarse al evento, mandé mensajes masivos, por mail, por facebook... (pido disculpas públicamente a cuantos y cuantas se pudiesen sentir acosados por mi espameadora actitud, pero creo sinceramente que es la única forma de avisar, concienciar y movilizar a la gente, insistir una y otra vez, publicitar las cosas, y en todo caso no tuve problema en borrar de la lista a quien me pidió con buena educación que no le volviera a escribir). Pedí dinero prestado (y con garantía de devolución) a mis padres, que lo están pasando tan mal o peor que yo económicamente, para viajar hasta Santiago, ciudad que conozco bien, antaño mi residencia universitaria, y hoy mi segundo hogar, al que quiero volver. De la aventura no saqué ningún beneficio económico; es más, perdí dinero, por horas de clase que perdí y por lo tanto no se me pagaron. Gasté tiempo, dinero y energías, pero no en vano. Saqué la satisfacción personal de que la única pareja que se presentó, pues nadie más se atrevió o tuvo tiempo para hacer tal cosa delante del Papa, vio cómo su bonito y sencillo gesto se magnificaba por obra y gracia de una foto, y el poder de los mass media. No voy a ganar nada, ni siquiera fama, y cuando los vi, tan enamorados, pensé: "Me hubiera gustado que esa pareja fuéramos mi novio y yo". Pero, al mismo tiempo, me alegré, porque es lo mejor que podía haber pasado en tales circunstancias. Nadie nos dijo nada, ningún policía nos llamó la atención, ningún católico fanático nos agredió. Todo fue sencillo, fácil, rápido, limpio. Y un solo gesto de unos segundos salió publicado en medio mundo.

Ahí lo tienen: no hacen nada raro, nada ofensivo, nada "revolucionario". Sin embargo, para la Iglesia Católica, y dicho sea de paso, para la corporación municipal, las fuerzas de "seguridad" y demás entidades patrocinadoras del evento papal, pagadas, o ni eso, impagadas por la Iglesia (amparadas en un supuesto beneficio económico que lxs ciudadanxs de a pie no vamos a notar), lo consideran así. Raro, ofensivo y revolucionario. Provocador. Que en pleno siglo XXI este gesto cotidiano sea provocador es una clara involución, una vuelta a las cavernas, un grave fallo del Estado de Derecho. Como grave fue que durante una semana Santiago de Compostela y Barcelona fueran tomadas por policías. En Santiago de Compostela seis mil, más los que no nos contaron por vergüenza (si es que les queda algo); tocaba a uno por cada quince habitantes. Es que somos todos y todas los habitantes o visitantes habituales de la villa compostelana unos radicales, unos insurgentes, unos terroristas de Estado??? Santiago vivió un auténtico "estado de excepción", sin exageraciones, tomada por policías (lo que más se veía), curas, monjas, catequistas y catequizadxs (lo segundo) y españolistas y papistas fanáticos (lo tercero más abundante). Me registraron cuatro veces, a mí y a cualquiera que quisiese atravesar los cordones policiales. Tuve que dar un rodeo de mil demonios para llegar al punto que había escogido, el último tramo antes de la Plaza del Obradoiro, prácticamente inaccesible para lxs sospechosxs de conspiración como yo, porque estaban casi todas las calles cortadas. Y fui con miedo, mucho miedo, sin poder expresar en voz alta lo que pensaba, sin poder reaccionar a los vítores que mareas de fundamentalistas cristianos, juventudes del PP o de la Iglesia, dedicaban a "su santidad", convertida de repente en una estrella de rock. Como yo, el cívico y pacífico pueblo de Compostela tuvo que callar, recluirse en su casa o caminar con sigilo, y aguantar el peso aplastante de la represión, la mordaza de la libertad de expresión, el coste de la "seguridad", vendiendo su "libertad" (aunque no de su propia seguridad, claro). La caspa nos invadió. Miles de Maripilis, Borjas y Cuquis, Pocholos y Lomanas, legiones de pijos incorregibles, asaltaron una ciudad milenaria, hermosa y netamente gallega como Compostela, trayendo su olor a perfume caro, su lacoste y su pashmina, su bronceado de solarium y su sonrisa profidén, amén de innúmeras banderas del Estado Español y del Vaticano, nacionalismo español disfrazado de patriotismo barato, y fundamentalismo católico camuflado de caridad cristiana. Legiones de pijos y pijas incorregibles, señoras y señores del Opus Dei, incontables, gritando "Viva el Papa!" o "Yo soy español, español, español..." (Ellxs no sabían que lo entonaban al ritmo de una polka rusa, pero en la Plaza de Galicia, donde más de un centenar nos manifestábamos en contra del papa, utilizábamos la misma melodía con más propiedad, para cantar un revolucionario y bolchevique "Ai papa, non, papa, non, papa, non!!! Ai non..."). Una señora ofrecía a su niño recién nacido completamente exaltada para que el papa lo bendijese, mal que bien, a través de la ventanilla del papamóvil, mientras la criatura se descolgaba, asustada, en un momento totalmente "hijo de Yako Jackson", me contaba un compañero; mientras, veía cómo un grupo de "maruchis" todas emperifolladas, que supongo no habrían empeñado sus ahorros para ir a ver al papa, echaban piropos a los antidisturbios, a lo que éstos se sonreían, no ruborizados, sino crecidos y henchidos en su ego testosterónico (qué buenos están, claro que sí, y con qué gracilidad manejan su porra y la hunden en la cabeza del personal, qué estilo, qué belleza...); antes lo habían hecho con los marines españoles, y serían capaz de hacerlo con cualquier macho ibérico. Y, por todas partes, centenares de ancianxs, legiones de excursionistas del Imserso, ansiosos de agitar sus rosarios, sus crucifijos y sus banderas vaticanas al paso del papamóvil. Pero no todo era gloria, no todo era gracia, no todo era reverencia y sumisión al "santo padre".

Antes de las once y media, hora en que el "sumo pontífice" llegaba al aeropuerto de Lavacolla, ya más de cien personas se congregaban para darle su particular "bienvenida". Convocados por Rede Feminista y multiplicados por el boca a oreja y la voluntad popular, llevaron la libertad de decir lo que se pensaba en voz alta a un cachito de la ciudad. En el casco viejo, tomado literalmente por los policías, era imposible. Pero los que salíamos de allí y pasábamos por delante de la Plaza de Galicia sentíamos entre envidia y emoción, y acabábamos traspasando el cordón de antidisturbios y grilleras para poder expresar lo que sentíamos. Los periodistas se agolpaban ante nosotrxs, deseosos de ofrecer la otra cara de la noticia, reprimida, aplastada, ante la monolítica y forzada parálisis facial a la que nos obligaba el "medio ambiente", es decir, la represión policial: una mueca entre el espanto y el asco, entre la humillación y la impotencia. Allí se decía en voz bien alta lo que se pensaba: "Homófobos", "Pederastas", "Machistas", "Galiza Laica", "Imos queimar a Conferencia Episcopal", y otros más originales y festivos, "As monxiñas / tamén durmen xuntiñas", "Na miña cona non manda ninguén", "A Igrexa non nos deixa / comernos as ameixas", y muchos más cantos de lúdica libertad. No tenía pensado hablar para ningún medio, ni siquiera represento a la entidad convocante, pero como me vieron que hablaba con facilidad, me pidieron unas palabras para dos televisiones, eso sí, dejando claro que no pertenecía al colectivo y que no quería que saliese mi nombre, como no lo quería nadie, pues era una protesta anónima y ciudadana, sin protagonismos personales.

Envalentonado por esta muestra de dignidad de lxs jóvenes compostelanxs (y no tan jóvenes, una señora se sumó y berreaba las consignas con tanta fuerza como las compañeras), y acompañado de un fotógrafo profesional de una prestigiosa agencia de fotos internacional, que me había contactado un día antes, enfilé el largo y tortuoso camino hacia el punto donde había citado a los participantes en la flashmob. El último tramo antes del Obradoiro, enfrente de la facultad de Medicina. Tuve problemas con el móvil (se me descargó la batería) y con la cámara de fotos. Ambas tuve que cargarlas gracias a que me hicieron un favor en sendos comercios: la cámara, previo pago de un desayuno en un bar, y el teléfono, en una tienda de móviles, con la tímida esperanza de que iba a comprar un cargador. Pero finalmente pude tirarles fotos a lxs manifestantes, así como llamar a los participantes de la flashmob, los únicos que se presentaron: una pareja de jóvenes residentes en Santiago, que mostró toda su buena voluntad y disposición para hacerse la foto delante del "vicario de Cristo". Sólo ellos participaron, pero consiguieron finalmente salir en todo el mundo. Lo que me hace abrigar la idea de que, si hubieran participado más, hubiera pasado algo parecido. (O no: precisamente por ser muchxs, podrían habernos descubierto las fuerzas de "orden público", y ordenarnos que nos retractáramos, o simplemente reprimirnos de la peor de las formas).

Allí estaban los dos chicos: justo enfrente de la puerta de Medicina, justo donde los había citado. Los saludé, hablé discretamente con ellos, les presenté al fotógrafo amigo. Nadie sospechaba lo que iba a pasar casi una hora después. Paseé de arriba abajo por aquella calle, intentando reunir la mayor cantidad de periodistas posibles, con dos objetivos. Primero, garantizar mi seguridad y la de los chicos, ya que, con unxs cuantos periodistas alrededor, los antidisturbios y nacionales se inhibirían un poco (o no). Y segundo, para que su beso saliese inmortalizado en la mayor cantidad de medios posible. Sólo encontré a dos fotógrafos, subidos a una escalera de aluminio, en la última esquina del recorrido papal, pero con la suerte de que ambos pertenecían a sendas agencias internacionales, AFP y FRANCE PRESS. Ellos ganaron una preciosa foto, que vendieron bien, y salió en decenas de páginas de papel y de bits de todo el mundo, y los chicos ganaron popularidad y reconocimiento entre sus amigxs. O simplemente la satisfacción de pasar un poco a la Historia, durante unos segundos, una fugaz pero bonita forma de "protestar" ante el papa.

Los protagonistas de la imagen

... Son Óscar Pousa Míguez y Borja Furelos Couselo. Dice Óscar con mucha humildad: "La verdad es que no hay mucho que decir de nosotros, somos dos chicos de veintitantos años como otros cualquiera. Borja trabaja en el cine de dependiente, y yo estudio Educación Social y soy trabajador en busca de empleo. Nos conocimos una noche de la fiesta estudiantil santiaguesa hace ocho meses y desde entonces vivimos juntos felizmente en casa de sus padres, aunque parezca extraño". Y tan extraño, porque sus padres son "gente de pueblo, unas personas muy interesantes a las que les agradecemos la educación que tenemos. Mis padres se enteraron hace poco de mi orientación sexual, tuvieron que pasar por un breve estado de adaptación a la nueva situación y después de conocer a Borja nos quieren mucho a los dos, incluso mi abuela lo trata como un nieto más". La naturalidad y la normalidad conviven con ellos, incluso en un ambiente tan hostil como el rural o semiurbano gallego, de forma que Óscar vive con Borja y con sus padres: "Vivo con ellos y me tratan como a un hijo, no tengo queja. Muchas parejas heterosexuales viven en casa de sus padres os suegros. Los nuestros tienen normalizada la situación, la verdad es que nos sorprendió que lo viesen tan normal".

Sobre lo que los motivó para besarse delante del papa, Óscar dice: "Era una reivindicación, simplemente. La Iglesia es una institución que no favorece al colectivo homosexual, no nos sentimos unidos a ella de ninguna manera, pero queríamos que quedara claro que no aborrecemos a la Iglesia por estar frontalmente en contra de ella, sino por limitarnos en derechos en comparación con el resto de la sociedad". Una mezcla de sensaciones encontradas, de motivos, tanto personales como más sociales, los movieron a participar. "El más personal es la homofobia (ya que los dos venimos del seno de una familia católica), en segundo lugar los abusos a menores, siendo para nosotros intolerable una conducta de este tipo, y, por último, el dinero público entregado, ya que pensamos que, al no pertenecer a la Iglesia, y no dar una autorización para utilizar nuestro dinero en eso, no deberían utilizarlos.

Óscar y Borja respondieron a la convocatoria de la plataforma de Facebook "Queer Kissing Flash Mob Santiago de Compostela", que consiguió juntar 87 adhesiones, pero sólo esta pareja se atrevió a desafíar los policías y el frío y la niebla de aquella mañana vaticana para besarse delante de la Iglesia católica. "El evento estaba a la orden del día en Facebook, nos pareció muy original, ya que era la forma de protesta más expresiva y pacífica que le podíamos dar a "Nuestra Santidad", pensando también en nuestra integridad física". Yo añado que, además de pacífica y expresiva, es sencilla y gratuita, pero extraordinariamente rica, cívica y ciudadana, pero rompedora, con un gran simbolismo y estéticamente revolucionaria. Un beso siempre ha sido una forma de expresión inocente y rebelde a la vez, desde la Primavera de Praga hasta hoy. Lo que les molesta a los guardianes de la moral es su naturalidad, su impura pureza, su hermosa obscenidad. El amor que muchxs no entienden. "Estamos acostumbrados a darnos besos en público todos los días y también estamos acostumbrados a escuchar las protestas de la gente. Si bien es cierto que es un pequeño grupo de personas las que osan decirnos algo. La verdad es que nos gusta provocar a la gente que ya nos ve mal cuando vamos cogidos de la mano, es divertido y ejemplarizante. Pero la sociedad va sin prisa pero sin pausa, de eso somos conscientes, pero no toleramos que nuestros derechos se incumplan por nuestra orientación sexual".

¿Sabéis que vuestra foto va a dar la vuelta al mundo? Puede ser un icono muy hermoso... Qué sentís, si sentís algo...? "Estaríamos muy contentos igual si fuesen otras dos personas las que se dieran el beso, pero, evidentemente fuimos nosotros y eso lo hace más especial si cabe. Es gratificante saber que aportas tu grano de arena por una causa en la que estamos implicados con un simple pero significativo beso.

El final de la historia

Y tan significativo. El final ya lo sabéis: fue portada en la edición nacional de Público, salió en la versión digital de El País, y, a través de AFP y FP, se divulgó por medio mundo, desde Jerusalén hasta Medellín, pasando por Francia o Portugal. También la agencia de causas minorizadas Demotix, la recogió, con entrevistas a sus protagonistas. Sólo un menda no recibió rédito alguno de la "performance". Intentó escribir algo desde el ordenador de los chicos, pero entre cargar las baterías, subir las fotos y editarlas, se le fue media tarde. Y además tenía que tomar un tren para su casa antes de que llegara la noche, ya que no tiene casa en Santiago y nadie se la pagaba, ni eso ni la comida ni la visita en general, como se la pagaron al papa con la "complicidad" de todas las administraciones públicas. Óscar y Borja no me podían ofrecer alojamiento para terminar el artículo, así que, cansado y medio enfermo, el arriba firmante, llegó, con la lengua fuera, y a punto de perderlo, al tren que le debía devolver a Ourense, y tuvo que sortear el enésimo cordón policial, esta vez para acceder al andén, por lo que tuvo que vérselas con el segurata de turno. Y digo yo: para qué otro control más? Benedicto XVI iba en mi vagón de incógnito, y yo no me enteré? Lo del avión privado era una tapadera???

El caso es que llegué corriendo, en el último segundo, y para colmo se me rompió el asa del bolso, lo que, unido a mi pantalón sin cinturón, cayendo a cada rato, me daba una imagen de vagabundo poco acorde con la visita papal. Qué poco me preparé para recibirlo, sí. Y qué poco me ofreció él. Borja comentaba, entre serio y humorístico, que para llevar esos tacones, Letizia tenía mucho mérito. Habría que hacerla santa entonces, repliqué divertido. Los dos se durmieron tiernamente en el sofá, con el runrún adormecedor de la misa masiva. Y me dieron ternura a mí, en lo enamorados que estaban, lo que me hizo pensar largamente (y al final dormir profundamente también) en el viaje de vuelta. Terminé poniendo una reclamación a RENFE por hacerme perder el tiempo con controles innecesarios, ante la cara de aburrido y malpagado del empleado de turno, y me acosté sin sospechar que al día siguiente, vuestra foto sería portada de un periódico.

Artículo en el Portal Galego da Língua:

http://www.pglingua.org/noticias/canal-aberto/3112-um-beijo-que-deu-a-volta-ao-mundo